La Guerra México-EU

y los pueblos del año 2000


Los conflictos de 1846-48:

Un mundo fronterizo se rebela

 
 
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  • Los conflictos de 1846-48
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    Dondequiera las culturas se toquen, ninguna poseyendo dominio, pueden brotar las comunidades de vida compartida.  Así fue en la zona fronteriza entre Estados Unidos y México, abarcando a: 
    • indios pueblos
    • indios llaneros
    • funcionarios mexicanos
    • pobladores mexicanos
    • presbíteros y misioneros
    • cazadores de pieles, tanto anglos como mexicanos
    • soldados de fortuna.
     Tal comunidad debía de constituir una mezcla de esfuerzos, pero había dos rumbos distintos, abiertos para el desarrollo: 
    • la negociación entre todos los que reconocían que nadie tenía el poder de dictar los términos de la vida cotidiana
    • la cooperación entre lideres, ya poseedores de algún poder, para asegurar su control sobre la comunidad.
     Este segundo aspecto, la cooperacion-para-dominio, podría disiparse si un solo partido entre los participantes decidiiera apoderarse de todo.  La ambigüedad anterior, entre la negociación popular y la elitista, se transformaría en línea estrecha, entre comandantes en sí, opuestos a negociadores en sí. 
     
    El ataque estadounidense de 1846, en Nuevo México, minó el régimen cooperativo en la localidad, imponiendo una nueva soberanía desde Washington.  Contra esto, la plebe de la región se rebeló, montando una resistencia que persistió aun después de que los líderes hispanos aceptaran su propia paz con los invasores. 
     
    La comunidad de cooperación negociada estaba resistiendo.  Perdió. 
     

    La comunidad fronteriza

    Los mexicanos se quejaban, teniendo buena razón, de que habían permitido la entrada de exploradores e inmigrantes desde Estados Unidos, no más descubriendo que los intrusos ingratos buscaban pronto las medidas para minar a la sociedad recibidora.

    A esta queja solamente faltó lo profundo de lo que pasaba.  La gente, desde varias direcciones, llegaba en Oregón, California, Nuevo México, o la Florida.  Los cazadores de pieles había venido de Irlanda, Tennessee, o Chihuahua.  Algunos individuos derivaban de la corriente de pueblos indígenas que empujaba Estados Unidos desde la región al este del Misisipí.  Algunos salían también de las naciones que desde hacía mucho tiempo habitaban los Altos Llanos y las Montañas Rocosas:  añadiéndose a los inmigrantes como exploradores o esposas, hacían su "contribución" a la creación de nuevos vínculos sociales.

    Como sucedería de otra manera un siglo más tarde, estos movimientos producían sociedades regionales que no cabían precisamente en el cuadro de ningún estado-nación, aunque pocas personas se deshacían de las identidades cabales con que nacían.

    Consideremos no más el asunto de Kit Carson, quien hizo un papel central en aquella acción cerca del rancho Lassen.  Derivaba de una familia de Kentucky, la que había emigrado hasta Missouri, pero cautelosa, con pocas ganas de dejar que su hijo energético se fuera al monte.  Se separó en los años 1820, y se unió a los comerciantes rumbo a Santa Fe, luego a los cazadores que intentaban viajar aun más al oeste. Entró en California, por primera vez, en 1829.  Antes de 1830 se encontró cerca de la Bahía de San Francisco.  Vio allá una sociedad ya establecida, de un tipo en que pudiera hacerse aceptable, haciendo tareas necesitadas por los locales.  No había que hacer el papel del extranjero.

    Las misiones católicas de la zona recibían internos a unos indios conversos quienes trabajaban en las tierras poseídas por las misiones.  A veces los conversos huían.  Si no fueran devueltos, se establecerían de nuevo como nativos independientes y hostiles, atacando tanto a las misiones como a los ranchos hispanos para acumular caballos. El joven Carson, encontrando una partida que perseguía a unos fugitivos de la misión de San José, le ofreció sus servicios.  Descubriendo a los fugitivos en una población Miwok, la quemaron, amenazaron matar a todos los habitantes, y luego volvieron con su presa a la misión.  Carson actuaba como buen miembro de la comunidad de California -- es decir, de la comunidad "de razón" -- haciendo lo mismo que habría hecho en el Sur de Estados Unidos, si una patrulla esclavista le hubiera pedido ayuda en la caza de fugitivos.

    Más tarde en los años 1830, y en los 1840, Carson pasó mucho tiempo en Nuevo México, y en las partes de Estados Unidos inmediatamente al norte de Nuevo México.  Se casó temprano con una india, y más tarde con una mexicana.  Habiendo sido anteriormente algún tipo de protestante, se hizo buen católico.  Fue uno entre muchos individuos que formaban parte de una amplia comunidad en las montañas, estableciéndose personalmente dentro de ella, pero siempre listos para hacerse agentes de autoridad superior.

    Las operaciones de Carson fueron sólo un poco más suaves que las de Santiago Kirker, un cazador que llegó al suroeste desde Irlanda, mediante servicio como corsario durante la Guerra de 1812.  Se familiarizó con las comunidades indígenas del área, reclutó a unos seguidores escogidos entre los soldados de fortuna que frecuentaban la región (tanto blancos como indios), pues ofreció a las autoridades locales sus servicios como cazador de cabelleras, para resistir a los apaches.  La violencia de sus métodos no le impidió casarse con una mexicana, tomando residencia en el estado de Chihuahua.
     


    La familia Bent

    La profundidad personal de la sociedad fronteriza constituyó gran parte del ambiente adonde Washington enviaría sus operaciones militares.  En Nuevo México, el modelo de las hostilidades fluyó desde la manera como grupos armados ya obraban allá.  Comerciantes y cazadores de todas las razas atravesaban la zona desde hacía décadas, haciendo limitado caso de los límites internacionales.  Sus campamentos se adaptaban a pocas reglas determinadas por algún gobierno nacional u otro, mientras los pobladores hispanos en Nuevo México se manejaban sin recibir gran atención del gobierno mexicano.  Al norte de la línea internacional, por donde discurría el río Arkansas, pequeñas unidades del ejército estadounidense mantenían solamente una presencia casual.  A veces durante los lustros previos, unos destacamentos de caballería desde el Fuerte Leavenworth habían escoltado a los comerciantes por el camino hacia Santa Fe y aquel mercado, medio legal, medio contrabandista, que fue Nuevo México.  Una caravana pudiera ser atacada por comanches, o por bandidos patrióticos desde la nueva República de Texas.  En la frontera, la escolta se paraba, dejando que los comerciantes acudieran a sus propios recursos.

    Y recursos sí tenían.  La región alrededor del Arkansas arriba, con miras hacia Santa Fe, fue dominada por la familia Bent, protegida por el fuerte que este clan construyó donde el camino atravesaba el río, y por su diplomacia entre la gente indígena.  Los Bent eran comerciantes de pieles, y más.  Derivados de una clase de negociantes y abogados en el valle del Misisipí, los hermanos manejaban su territorio en los llanos y las montañas.  (Había también un menor en la Marina norteamericana, sirviendo tan lejos como Japón.)  Un hermano se casó con una cheyenne.  Parecida a la gente de la Hudson's Bay Company, la familia fue agresiva, diplomática, y atenta a las culturas locales. Durante años, invirtieron una gran parte de su energía y recursos en intereses al cabo nuevomexicano de sus operaciones.  Los hombres del grupo encontraron esposas también allá.

    Para la gente de Santa Fe y Taos, el comercio con St. Louis les ofrecía beneficios y peligro.  Introducía tejidos y herramientas, de valor real en una comunidad aislada, más tabaco y armas de fuego, ambos de contrabando.  Sacaba la plata, que hacía papel en el teatro financiero internacional.  También sacaba pieles, que nuevomexicanos y cazadores e indígenas habían traído al mercado.

    La empresa Bent mantenía un comercio directo con cazadores indígenas de las montañas.  Para éstos, la manufactura más importante derivada del comercio fueron las armas, útiles para la caza, e indispensables para las intrusiones hasta Texas y las partes remotas de México.  En cambio, proveían productos del bisonte:  carne para el consumo en Nuevo México, y aún más pieles vendidas a los comerciantes, hasta disminuir las manadas.  Estos comerciantes norteamericanos presentaban para Nuevo México un triple peligro:  las compras de terrenos (por intermediarios, para evadir la ley), su papel en el contrabando y la corrupción, y su amenaza contra la provisión de carne.

    Pero el imperio familiar de los Bent, y sus conexiones a través de líneas nacionales en Nuevo México, habían comenzado como una empresa de hombres activos, todavía no preocupados con mortalidad o seguridad. Sus familias multiculturales, como toda familia bien nutrida del siglo XIX, se hacían más grandes, y también vulnerables.  Crecía el incentivo para fijar alguna seguridad, mediante la selección de una sola identidad nacional.  Cuando llegaron la oportunidad y las presiones, los Bent hicieron algo más que replegarse sobre la nacionalidad anterior de los hombres en la familia:  aceptaron el apoyo del poder militar.


    Invasión y rebelión

    Aquel junio de 1846, el coronel Stephen Kearny encabezó una fuerza desde el Fuerte Leavenworth, parecida a las que habían protegido a los comerciantes rumbo hacia Santa Fe.  Estos federales marchaban ahora incrementados con voluntarios.  Kearny tenía órdenes para conquistar Nuevo México, antes de dirigirse hacia California.  Manuel Armijo, gobernador de Nuevo México, intentó improvisar una milicia popular en contra del invasor, descubrió que no podía movilizarla en un resistencia organizada, y huyó del territorio.  Kearny, después de tomar Santa Fe, se movió rápido para establecer un nuevo régimen civil. Escogió a Charles Bent como gobernador.  Así unos nacionales norteamericanos, quienes habían funcionado durante mucho tiempo dentro de la autonomía cultural de la región, abandonaban toda pretensión multicultural.

    Surgió alguna resistencia contra Bent y el Ejército de Estados Unidos, por parte de unos pocos soldados mexicanos en el área, y de algunos conspiradores entre la élite hispana.  Esta fue reprimida, y la élite se acomodó por fin con el nuevo régimen.  Según el criterio de unos líderes en ambos lados, el enemigo real fue menos la nación opuesta que el conjunto cabal de grupos populares y no-blancos que tenían pocas ganas de participar en cualquier nación centralista.

    En enero de 1847, una rebelión brotó en el noroeste del territorio, dirigida por un hombre que se había rebelado en 1837 contra un gobernador conservador mexicano.  Una banda de neomexicanos, tanto hispanos como indios pueblos, localizó a Bent en Taos, y lo mató.  Ataques parecidos se hicieron en otros lugares por grupos que Manuel Armijo no había podido llamar contra la primera ola de la invasión.  Soldados y voluntarios armaron batallas contra los rebeldes, capturando a algunos que habían matado a Bent, pues atacando a una concentración refugiada dentro de la iglesia de Taos.  Aun después de derrotado este grupo, y muchos líderes ejecutados hasta por "traición," las acciones rebeldes brotaron, de lugar en lugar, hasta mediados de 1847.  Solamente entonces llegó la rebelión a su fin abierto.

    A través de las nubes dentro de la iglesia -- no de incienso, sino de pólvora y de fragmentos de adobe -- los observadores creían ver una figura conocida antaño.  Fue -- o dijeron que lo fue, creando verdad suficiente para la ocasión -- el indio delaware que llamaron "Gran Negro."  Pertenecía a aquella partida de soldados de fortuna que habían luchado como cazadores de cabelleras en México, algunos encabezados por Kirker.  Aquí se volvió uno para alistarse con las comunidades de la región.

    Cuando comenzaron los Bents a cuidarse más de sus bienes raíces en Nuevo México, y cuando Kirker prestó servicio como explorador pagado para los invasores norteamericanos, repudiaban un mundo que habían desarrollado afuera de la indumentaria de la soberanía nacional. Kirker no podría regresar nunca a Chihuahua, donde pendía un precio sobre su cabeza.  La muerte de Charles Bent había sido la ejecución de un traidor cultural.

    Los que escribieron partes sobre Taos nunca comprendían exactamente como describir a los rebeldes.  Los líderes visibles parecían ser unos descontentos, oriundos del área civilizada de Nuevo México.  O fueron indios malvados armando una gran lucha contra la civilización.  O no más que mexicanos mañosos, que rehusaban reconocer la victoria de las nuevas autoridades.

    Toda rebelión en la región fronteriza fue un caso para las culpas mutuas de anglos e hispanos entre sí.  Cada banda podía apuntar al "agitador desde afuera," así ignorando la posibilidad de que el liderazgo verdadero pudiera brotar de los "agitadores internos." Estas acusaciones mutuas, ya contra texanos en 1837, ya contra infiltradores desde México en 1847, constituyeron una manera de decir que solamente anglos e hispanos tenían la capacidad para producir líderes genuinos.  En tal caso, los dos estados-nación tendrían el derecho de dividir entre sí "la acción."  Constituían los guerreros legítimos, y serían los llamados a concluir la paz.


    Referencias:


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