La Guerra México-EU

y los pueblos del año 2000


Los conflictos de 1846-48:

Los generales para el orden social

 
Ojeada general 

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  • Población y rebelión

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  • Los jefes blancos, ilusionados

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  • Los conflictos de 1846-48
  • El futuro de las naciones nuevas/viejas
    Bien temprano durante la guerra, la administración de Polk envió a Taylor y a otros comandantes invasores una serie de instrucciones, exhibiendo su análisis de condiciones en México, y revelando a la vez su concepto de lo que fue la "cultura política" en todas partes.  Veía en México unos retazos de intereses particulares, algunos de los cuales esperaba atraer al lado estadounidense.  Dijo inclusive que las fuerzas norteamericanas debieran pagar cualquier abastecimiento que extrajeran de la población local.  Como esta supuesta magnanimidad no llevó la victoria rápida, Polk sustituyó bien pronto esta política, por una dura:  que los comandantes tratasen a las personas encontradas no más que como enemigos en zona ocupada.  Una señal temprana del cambio fue el desdén con que Polk desechó la capitulación de Monterrey

    La nueva política tampoco arraigó, por lo menos no en los criterios de los comandantes Zachary Taylor y Winfield Scott, ni aún en el de William O. Butler, a quien Polk descubrió dentro de su propio partido para sustituir a Scott.  Cada uno de éstos se enfrentó al hecho de que la disidencia indígena en México era genuina, que los grupos opositores pedirían ayuda a los líderes norteamericanos, y que éstos tendrían que decidir a quien apoyar. 

    Un tal comandante local, entre los norteamericanos, pudiera entretener la posibilidad de apoyar una protesta indígena.  Los superiores decidieron de manera opuesta.  Sabían que sus ejércitos dependían, para la supervivencia, de las operaciones de la sociedad mexicana.  Por eso respaldaban a los intereses de los terratenientes de alta categoría, quienes podían abastecer, a corto plazo, a las fuerzas norteamericanas. Haciendo poco caso de la línea dura de Polk, escogieron entre los elementos plurales que la administración había esbozado originalmente en las explicaciones de la supuesta línea conciliadora. 

    La gente en ambas naciones sabía que la guerra era un tiempo cuando la autoridad militar obraría sobre las poblaciones locales para extraer hombres y abastecimientos.  Algunas personas protestaban y aun resistían, en contra de la autoridad en sí.  Otros muchos se conformaban.  Esta tensión, entre autoridad y comunidad, persistía de generación en generación, aun durante períodos cuando el conflicto oficial se daba entre las dos naciones-estado. 

     

    Las estrategias sociales de la administración Polk

    Las instrucciones de Polk a sus generales, sobre cómo tratar a la población mexicana, principiaron con dos análisis contradictorios de esa sociedad.  Procedió entonces a sustituirlos por la simple coacción militar

    En el primer análisis, dividió a todo México en dos grandes grupos:

     Entre los españoles, quienes monopolizan la riqueza y el poder del país, y la raza mixta india, que soporta las cargas, debe de haber celos y antipatía.
    [Between the Spaniards, who monopolize the wealth and power of the country, and the mixed Indian race, who bear its burdens, there must be jealousy and animosity.]
    Si este análisis implicara cualquier política militar, debería de ser la de incitar al descontento indígena.  Las palabras sugirieron que los angloamericanos invasores pudieran constituir, de alguna manera, aliados naturales de la población trabajadora del campo.  (Hubo de veras un oficial estadounidense quien pensó así.  George Wurtz Hughes, dejado en Jalapa al mando rutinario sobre la ocupación, mientras se dirigió el ejército principal hacia el honor en otras partes, pidió a Scott el permiso para cooperar con unos rebeldes indígenas en la zona.)

    En el segundo análisis de la administración, más detallado y ostensiblemente más sofisticado, México estaba

    así dividido entre razas, clases, y partidos, ... y con tantas divisiones locales, ... y tantas divisiones personales entre individuos, que debe de presentarse gran amplitud para operaciones sobre la mente y los sentimientos de grandes partes de los habitantes, ...
    [so divided into races, classes, and parties, . . . and with so many local divisions . . . and personal divisions among individuals, there must be great room for operating on the minds and feelings of large portions of the inhabitants, ...]
    Aunque la orden mencionó los "partidos políticos en los cuales el país está dividido," no dijo nada sobre los programas o identidades reales.  Más bien, habló de los partidos como si fueran no más que grupos de interés particular, o facciones, imaginándose que entre estos fragmentos
    debe de haber algunos más liberales y más amistosos hacia nosotros, que otros; ...-- debe de haber aberturas por donde alcanzar a los intereses, pasiones, o principios de algunos partidos, así conciliando su buena voluntad, y procurando que cooperen con nosotros para llegar a una paz honrada y rápida.
    [there must be some more liberal and more friendly to us than others; . . . -- there must be openings to reach the interests, passions, or principles of some of the parties, and thereby to conciliate their good will, and make them co-operate with us in bringing about an honorable and a speedy peace.]
    Ese fue el lenguaje del político profesional, listo para conceptuar la guerra sicológica como un patronazgo.  Washington sabía, por supuesto, que los elementos centralistas y federalistas de México se liaban en riña desde hacía muchos años.  Aquel conflicto había figurado en la cuestión texana original.  Los anticentralistas del norte de México sí actuaban a veces como si estuvieran listos para conspiraciones.  Pero la orden de Polk no manifestaba ningún criterio claro sobre qué clase de personas, en México, respaldaría una ideología u otra.  No ofreció ningún principio para explicar cómo los diversos tipos se oponían mutuamente, dentro de las filas terratenientes, o dentro del lado indígena.  Por eso faltaba un sentido sobre qué ofrecería la política norteamericana, además de algún acceso a un mundo "liberal."

    Puesto que las primeras campañas norteamericanas no indujeron a México a pedir la paz, y que los intereses locales no se apresuraron a aliarse con los del norte, la administración Polk abandonó sus planes para la conciliación, ordenando en vez de eso que los comandantes trataran a los mexicanos como una población enemiga.

    El cambio de Polk, hacia una línea dura, cabía bien en el mismo cuadro como su esfuerzo silencioso para simplificar su propia base social. Había ganado la presidencia presentando una plataforma expansionista que derivaba un gran empuje de la campaña específica para anexionar Texas. Un apoyo fuerte fue contribuida por la perspectiva de los blancos móviles para mejorar en la sociedad, algunos no siendo esclavistas. El secretario de estado en la administración previa, John C. Calhoun, sí había también buscado Texas, pero desde una perspectiva mucho más defensiva.  Representando el "viejo" Sur, tenía miedo de que un Texas independiente al borde de Estados Unidos, constituyera un foco para una agitación contra la esclavitud.  Durante todo el período 1844-46, criticó la táctica manipuladora de Polk.  Los preocupados con la seguridad de la esclavitud se molestaban también por el riesgo de recibir, dentro E.U., una población de raza mixta.  El convenio entre Taylor y Ampudia se conformaba a esta perspectiva defensiva.

    Polk, rechazando la capitulación de Monterrey, obraba según ambos lados de esta coyuntura:  distanciándose de la perspectiva defensiva, pero también de toda transacción compleja con la sociedad mexicana.  Pudo ahora llamar a su crítico Calhoun para una cita en la Casa Blanca, durante la cual se hilvanaron ideas generales sobre la continuación de la guerra.  El poblador blanco agresivo y el plantador defensivo habían logrado entenderse.



     

    El reto popular/indígena

    Las iniciativas y protestas indígenas, continuando fuertes durante los años 1830s y 1840s, resultaron cruciales durante la Guerra misma. Mientras que el ejército mexicano habría querido culpar a la subversión estadounidense por esto, la mayor parte de ésta fue un conflicto continuado entre la autoridad gubernamental y las comunidades indígenas.

    Alguna parte de la reanimación indígena fue una demanda llana por tierras pertenecientes a las comunidades durante generaciones anteriores. Una gran parte, sin embargo, y especialmente en la mitad de la crisis bélica, fue protesta política contra la leva y los impuestos del momento.  Tanto las cuestiones de propiedad como las legales saldrían vivas a fines del siglo XX.

    Los comanches seguían con sus incursiones al norte -- tanto en Texas como en Nuevo León.  Mientras Taylor penetraba hacia el sur durante los primeros meses de la invasión, tuvo que responder a dos demandas separadas para las tropas que podrían contener las incursiones:  la de Texas, para un contingente que protegiera a las poblaciones fronterizas; y la vulnerabilidad del norte mexicano, al que faltaba la misma protección.

    La gente en Yucatán, en la Huasteca, y en la Sierra Gorda -- como en todo el país -- fue sujeta, desde hacía mucho tiempo a la leva repentina para pelear en conflictos de poco interés personal, ya en el Texas lejano, ya contra alguna facción en una guerra civil.  A veces sentía poco interés en un enemigo que no amenazaba la patria chica, la cual tenía muchas ganas de defender.  La tasa de deserción, siempre alta entre los reclutas forzados, subiría aun más cuando un ejército sufriera derrota, como lo hizo el de Santa Anna en la Angostura.  Los mismos desertores tendrían entonces que enfrentarse a  todos los trastornos ya activos en la comunidad a la que regresaran.  La rebelión de indios mayas en Yucatán -- durante mucho tiempo llamado "la" Guerra de Castas del período -- fue solamente uno entre varios levantamientos.

    La rebelión popular seguía imbricada con los conflictos entre facciones rivales de la élite.  En áreas como Sonora y Guanajuato, los conservadores se encontraron en una situación propicia para reclamar un apoyo indígena contra una injerencia liberal en la vida comunal.  En Yucatán y la zona de Cuernevaca, conservadores y liberales sí se reunieron contra las amenazas indígenas, aunque continuando sus propias querellas.

    La entrada de la fuerza norteamericana en una zona daría a los locales una fuente de apoyo a la cual pudiera acudir.  En la Huasteca, algunas llamadas a un comandante estadounidense surgieron de ambas facciones a la vez.  En la Sierra Gorda y alrededor de Cuernavaca, unos rebeldes llamaron a los comandantes estadounidenses.  En Yucatán, por el otro lado, y especialmente durante el período cuando las tropas norteamericanas se desmovilizaban y salían del país, los blancos locales pidieron el apoyo extranjero, aun ofreciendo regatear la soberanía estatal para conseguirlo.

    A la vez, las operaciones norteamericanas de suministro, en muchas partes de México, fueron sujetas a ataques volantes por grupos que no cabían simplemente dentro de la distinción terrateniente/indígena. Éstos fueron los que, de cualquier raza, podían actuar como operadores individuales, habiendo ganado recursos suficientes para montarse, pero aún sin la clase de posición conservadora que los motivara a beneficiarse vendiendo productos al invasor.  Scott, describiendo a "esas bandas atroces llamadas guerrilleros o rancheros" ["those atrocious bands called guerrillas or rancheros"], no podía acomodar en su mente ese tipo de pequeño operador quien trataba de progresar dentro de una sociedad supuestamente idílica y patriarcal.

    Con todo y el pensamiento cambiado de Polk, los comandantes estadounidenses, en partes locales de México, encontraban retos parecidos a los sugeridos anteriormente por su presidente.  Nunca trataban al grupo de terratenientes menores, o rancheros, como si fuera otra cosa que un enemigo, aunque constituía objetivamente algo parecido al grupo de pobladores blancos a los cuales Polk representaba en E.U.  No encontraban, tampoco, ocasión para mediar entre las facciones de la clase política mexicana. Pero sí tenían una amplia opción que hacer, entre grupos blancos e indígenas.



     

    Los generales responden

    Al norte, Taylor tenía una preferencia clara, si pudiera o no hacer algo para realizarla.  Negociaba con hacendados locales para el suministro, y estaba dispuesto a respaldarlos de la misma manera como lo haría con los plantadores texanos:
    Siento dar noticia de que los indios comanches han cometido depredaciones extensas contra los habitantes mexicanos cerca de Mier.  Esta circunstancia, considerada junto con nuestro tratado reciente con estos indios, funciona para darnos gran molestia; pero acepto como un deber trascendente proteger a los ciudadanos mexicanos contra estos despojos, prendiéndolos y castigándolos si fuere posible. ... Si desplegáramos una tibieza en esto, el grito sería llevado instantáneamente de que los indios son nuestros aliados -- una impresión ya diseminada con gran cuidado por los jefes mexicanos.
    [I regret to report that the Camanche Indians have been committing extensive depredations upon the Mexican inhabitants near Mier. This circumstance, taken in connexion with our recent treaty with those Indians, is calculated to give much embarrassment; but I deem it a paramount duty to protect the Mexican citizens from these ravages, and to apprehend and punish them if possible.  . . .Should we exhibit any lukewarmness in this matter, the cry would instantly be raised that the Indians are our allies -- an impression already carefully disseminated by the Mexican chiefs.]
    Las necesidades de Scott, aun más difíciles, lo empujaban en la misma dirección.

    Marchando su ejército desde Veracruz, internándose, y perdiendo conexiones para abastecerse desde afuera, tendría que transformarse en la que él llamó una máquina autosuficiente ["a self-sustaining machine"]. Tendría que recolectar los alimentos en partes locales, empleando especialmente las redes de abastecimiento en las ciudades sucesivamente ocupadas:  Jalapa, Puebla, y por fin la capital.  Dependía del hecho de que cada ciudad gustaba de su propio sistema, dentro del cual podría situar sus fuerzas.  Pero el abastecimiento de aquel ejército irritó a la gente ciudadana.  Listo para castigar a los civiles que atacaran a sus hombres, Scott impondría también algún grado de disciplina sobre estos soldados si la medida mantuviera el orden.  (Sea en los campamentos militares, en los duros talleres urbanos, en la mano de obra de plantaciones, los grupos urbanos o casi-urbanos del período parecían justificar el tipo de reglamentos que Scott insertaba en sus manuales militares.)

    Aún más, Scott buscaba tomar y retener la capital misma como una pieza en las negociaciones.  Tenía que encontrar un gobierno bien definido, al que él pudiera derrotar pero dejar intacto, capacitado para negociar.  Alimento y tratado fueron fines alternos del mismo proceso político.

    Tanto la ciudad como la tropa ocupante dependían de los alimentos recibidos de los alrededores, donde se mezclaban las haciendas con las comunidades indígenas.  Los comerciantes, imbricados con los hacendados como clase, coordinaban.  El ejército norteamericano no tenía que hacer más que insertarse en un papel de mayorista dentro de esta red, asegurándose la capacidad de "sifonear" el abasto propio.  Aunque los oficiales estadounidenses en la capital sí cooperaron con los políticos liberales para establecer un gobierno municipal servil, esto no llegó al corazón del asunto.  La "traición" más profunda de 1847 fue lo indispensable de la capital como organismo, para toda la gente que entraba en la zona.

    Los comandantes de la ocupación tenían que escoger.  Podían regatear con la gente que, trabajando en el campo, producía los alimentos reales; o negociar con los terratenientes.  Fue una cuestión de escala. Los campesinos podían llevar legumbres al mercado.  Solamente los terratenientes podían ofrecer manadas y graneros.

    Por eso surgió la cuestión del conflicto racial.  Los campesinos en el área tenían sus quejas.  Entre otras, que los hacendados les pagaran con vales, lo que les obstaculizaba el conectarse directamente con el mercado. Cuando los indígenas presentaban quejas de esta clase, los propietarios les acusaban de querer exterminar a la raza blanca.
     
    Scott no tenía ni tiempo, ni capacidad política, ni imaginación social, para tratar con campesinos.  Trataba con los hacendados, como lo hacía Taylor en la zona alrededor de Monterrey.

    Nada cambió cuando Polk relevó a Scott, sustituyéndolo a principios de 1848 por el demócrata William O. Butler.  A Butler le llegaron las llamadas finales por parte de los rebeldes de Cuernavaca y la Sierra Gorda.  Las rehusó.

    En cuanto a Yucatán, la misma cuestión nunca surgió.  No fue solamente que los hacendados de Yucatán, pidiendo ayuda norteamericana contra los rebeldes, recibieran ninguna ayuda oficial.  Más al grano, no se le ocurrió a nadie que los Estados Unidos pudiera ayudar a los indígenas.  Sam Houston, quien había anteriormente parecido defender a los cheroquis de Texas, era ahora un senador del Congreso de Estados Unidos.  Todavía el hombre de acción, abogaba por dar ayuda a los plantadores de Yucatán. Polk consideró la idea, hizo una expresión de simpatía hacia los yucatecos de bien, y descartó el plan.  Terminada la Guerra entre Estados Unidos y México, Washington no quiso comprometer recursos.

    ¿La ayuda gubernamental?  No.  ¿La particular?  ¿Las inversiones?  A ver.
     


    Referencias: 


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