y los pueblos del año 2000
Ampudia y Taylor:
Una nota sobre estrategia
Ojeada
general
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El mero hecho de una batalla en Monterrey, en aquel setiembre de 1846,
resultó tanto de motivos personales y políticos, como de
militares. Los gerentes en ambos lados comenzaron derivando inferencias
lógicas de una apreciación apenas realista del terreno en
el norte de México. Una vez inminente la acción,
el orgullo y la terquedad trajeron a Ampudia y a Taylor hacia el encuentro.
Tanto Santa Anna como Ampudia anticiparon que las fuerzas norteamericanas, marchando al sur del río Bravo, intentarían pasar por una garganta en la Sierra Madre (la de Saltillo o la de Tula), después de lo cual se dirigirían hacia San Luis Potosí, unos 300 kilómetros al sur de Saltillo. Otras fuerzas estadounidenses tratarían de tomar el puerto de Tampico, para establecer una línea de abastecimiento para la campaña terrestre. Al principio, Polk, su Departamento de Guerra, y Taylor pensaban en términos parecidos. Santa Anna pues, creyendo que ni Monterrey ni Tampico podría defenderse con éxito, mandó que Ampudia defendiera la garganta de Saltillo, mientras que otras fuerzas protegieran la de Tula. El plan inicial de Ampudia reconocía esta lógica, pero planificó también unos ataques guerrilleros contra las fuerzas de Taylor en los momentos cuando éstos se dirigían hacia la zona de Saltillo y Monterrey. Esta táctica de avanzar a unas unidades al norte de Saltillo impuso sobre Ampudia unas desventajas. Tendría que mantener alguna cooperación con los habitantes del área, aun cuando éstos no le ofrecieran la misma cooperación. Principió emitiendo reglamentos severos en que exigió el compromiso de civiles en la defensa. Bien pronto, se quejó de que los comerciantes de Monterrey querían seguir haciendo los negocios normales, aun cambiando divisas enviadas por los yanquis. Enojado, dejó caer su propio análisis estratégico, procediendo a conducir una defensa estricta aunque corta de la ciudad. |
Algunas fuerzas mexicanas afuera de Monterrey, que debían operar contra las comunicaciones de Taylor, infirieron, aun antes de que lo hizo Ampudia, que la posición suya estaba perdida, y se retiraron de la zona sin intentar ayudarle. Unos civiles en Monterrey, enemigos particulares de Ampudia, insistieron más tarde en que habrían peleado hasta el fin, aunque habían pedido a Taylor, durante la batalla, que dejara salir a las familias civiles (lo que rehusó). Culparon a Ampudia por no pelear bastante, y también por destruir muchas casas en sus esfuerzos de transformar la ciudad en una fortaleza.
Después de la capitulación, Taylor aseveró que le habían faltado hombres suficientes para cortar todas las rutas hacia Monterrey. Aunque podría haber intentado aislar las fuerzas mexicanas en Monterrey, marchando directo contra la garganta de Saltillo, esto le hubiera dejado sin poder para operar contra los caminos desde Tampico. Una vez reunidos los de Ampudia en Monterrey, Taylor tendría algún motivo para atacar la ciudad, en vez de dejar a Ampudia atrás durante sus movimientos contra Saltillo o Linares.
Los comandantes en ambos lados sabían, aunque normalmente no hacían caso del hecho, que las gargantas a través de la Sierra norteña abrían en un terreno amplio e inhóspito, entre Saltillo y el cuartel de Santa Anna en San Luis Potosí. Cualquier fuerza mexicana, operando al norte de Saltillo, o al este de Tula, estaría fuera del control diario por parte de Santa Anna.
A la vez, cualquier fuerza estadounidense, una vez más allá de Saltillo o Tula, encontraría serias dificultades para abastecerse. Aunque por lo menos una fuerza mexicana había obrado con éxito desde Tampico hacia San Luis Potosí, durante una guerra civil anterior, esta ruta estorbaría mucho más a un invasor con carros, artillería, y ningún amigo local.
Más tarde, Taylor sí movió algunas fuerzas hacia
Tampico. Pero la capitulación anterior coincidió con las
ideas de quienes en Estados Unidos deseaban que el Ejército tomara
solamente una franja de seguridad al sur del río Bravo. Los
términos reconocieron una línea natural, a través
de la cual ningún ejército podría operar bien cómodamente
protegido.
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